6 de octubre de 2017

No, yo sí estoy loca. La difícil intersección entre feminismo y salud mental

Me he encontrado demasiadas veces con este argumento. Lo leo en los periódicos, lo veo en las redes, lo oigo en un tono coloquial en cualquier conversación. Llamar loca a una mujer que sufre el machismo o a una mujer que reivindica su igualdad es demasiado habitual. Es una marca de desprestigio.

"Tú estás loca". 

También es demasiado habitual que una mujer que quiere ser tomada en serio se defienda con un: "yo no estoy loca", al que se le podría añadir "esto me ha pasado, esto lo he vivido, así han sido las cosas". Ese "yo no estoy loca" lo oigo demasiado y, aunque entiendo el porqué, me chirrían en los oídos y en las cosas que yo siento. Y quizá en lo que soy. Y, además, lo oigo de mujeres que considero mis compañeras de lucha.


Entrada de la RAE con todas las acepciones de la palabra

Es cierto que la palabra "loco" (se puede comprobar en la imagen) no siempre alude a la "salud mental", a veces tiene connotaciones positivas ("estoy loca por ir", "estamos locos de alegría", "fue una noche loca"). Sin embargo, cuando se usa como insulto, siempre se refiere a alguien que "está fuera de la realidad", "alguien poco creíble", "alguien sin control sobre su juicio". Y podríamos ir un paso más allá: "Alguien a quien hay que custodiar y vigilar". Es decir, el sentido más estricto que asociamos a la locura.

No podemos evitar que nos insulten, pero cuidado con los insultos, cuidado con lo que llevan detrás, con las piedras ideológicas que cargan a sus espaldas. Voy a intentar poner alguna analogía.

Negra, bollera, enferma o puta.

Si el contexto es descriptivo, hay palabras que son inocuas. Es decir, la palabra "enferma" solo alude a alguien que tiene una enfermedad, ni más ni menos; la palabra "negra" solo se refiere a un color. Pero qué distinto suena si decimos: "Eres un enfermo" o "Ese negro...". Si lo has leído mentalmente con un tono de desprecio que te es familiar, pregúntate por qué sabes con qué tono se debe leer. Qué importante reapropiarnos las palabras: qué bien lo ha sabido hacer el colectivo gay de años atrás con el maricón o con el bollera.

Si alguien me insulta por mis ideas feministas (como me ha pasado y seguro a algunas de vosotras también) con un "eres una bollera", jamás se me ocurriría contraargumentar diciendo "no, no te confundas, no lo soy". Porque el simple hecho de que intenten insultarme con ese término, me hace posicionarme a su lado y no en oposición a él. ¿Por qué debería desvelar una orientación sexual socialmente aceptada, hegemónica, decir que soy hetero, para enfrentarme a ese insulto? ¿Por qué no una contestación más directa: "además de machirulo, eres homófobo"?

Solo se me ocurre una razón: acercarte a quien te insulta, mostrarle que estás más cerca de él que del concepto insultado. "Vale, a las bolleras las dejamos en un rincón, a ellas puedes insultarlas, no me pongas a ese nivel, trátame como a una igual".

¿Qué pasaría con negra o con puta si lo usamos como insulto? Exactamente lo mismo.

- ¡Negra de mierda!
- No, a mí no me digas eso, yo ni siquiera soy negra.

El insulto es totalmente capcioso. Si lo niegas, estás en la misma rueda que la persona que lo profiere. En oprimir a otras para poder tú subir un escalón más.

Cualquiera de mis compañeras de lucha entiende esto que estoy contando: si alguien te llama puta, sabes desde qué lado se te está diciendo. Al negarlo lo promueves, nunca lo subviertes. No cuestionas la connotación negativa de esa palabra. Y todo sigue como estaba.


Las locas reivindicamos la palabra "loca", desde ángulos realistas con la enfermedad mental, desde connotaciones positivas, desde la subversión de los relatos hegemónicos sobre qué es estar loca. Sabemos que se usa como una piedra que hace daño si nos alcanza, y no solo a las feministas. Pero como sé que ninguna de mis compañeras negaría ser bollera para ganar un enfrentamiento con alguien, porque entiende que ser bollera o no serlo no le va a quitar credibilidad a lo que defienda, así creo que debería ser pensado el término loca. Desde esa misma sensibilidad.

A mí, si me insultan con esa palabra; si me llaman "loca" para desprestigiarme por alguna de mis ideas, no podría negarlo, aunque quisiera, porque estaría arrinconándome a mí misma. Pisando una de mis opresiones para salir de otra. El hecho de querer salir de esa encrucijada me demostraría que ya he perdido la batalla. A quien lo diga, a quien lo use como premisa para juzgarme, solo se me ocurre decirle: no, yo sí estoy loca, ¿podemos pasar al siguiente argumento?


9 de septiembre de 2017

Cómo se reproducen los valores (y los miedos) a través del cine de terror. Un caso: It (2017)

El miedo es una cosa curiosa. Hay gente que no ve películas o series de terror porque no le gusta pasar miedo. A los apasionados de este género les pasa justo lo contrario.

Sin embargo, ya sean japonesas, españolas o estadounidenses, las películas de terror tienen algo más en común: tipifican qué comportamientos o fenómenos o situaciones (o personas) nos deben dar miedo. Existen, por supuesto, formas cinematográficas como el jump scare que, si bien nos asustan, no nos muestran a qué, como sociedad, debemos temer.

Esa categoría se la dejamos, grosso modo, a lo incomprensible, lo diabólico (y quizá esto daría para un análisis religioso de la sociedad), lo extraterrestre, la muerte o los muertos y, sobre todo, la desviación social: enfermedad mental, psicopatía, diversidad funcional (recordad Freaks), etc. Cualquier comportamiento o presencia que nos resulte extraño, por inusual, y al que, por ignorancia, le tenemos miedo.



La desviación social en las películas de terror actúa, dentro y fuera de la película, como motor de cohesión social: nos distancia de los personajes malignos, pero, a la vez, nos demuestra que están entre nosotros y que no podemos hacer nada por escondernos de ellos (Funny Games o, a nivel dramático y como desviación sistémica y no tanto social, Black Mirror, por ser una distopía indeseable que puede pasar en una sociedad occidental muy parecida a la actual).

Algo que daría para una análisis mucho más extenso sería un símbolo en torno al cual se aglutinan, en gran medida, todos los males que ocurren en una película de terror: la casa. Casi siempre se trata de una mansión antigua, deshabitada durante mucho tiempo, aislada y/o ruinosa. La construcción narrativa en torno a la casa puede ser metafórica o literal (puede, por ejemplo, haber muerto gente de forma violenta o en extrañas circunstancias en ella pero sin relación directa con los protagonistas o puede ser una casa familiar). Aquí nos encontramos con el tótem (la propia casa donde se manifiestan los sucesos de terror) y el tabú (la propia historia familiar que es el origen de toda la historia). Por eso creo que el desarrollo de este tema se podría extender muchas páginas.

También en la nueva versión de It (Andrés Musschieti, 2017) aparece una casa que cumple con muchas de las características citadas (se encuentra al final de una calle, entre maleza, deshabitada y medio derruida) y que finalmente es el lugar en el que confluye todo el sistema de alcantarillado del pueblo de Derry. También se percibe la desviación social: los buenos (el club de los perdedores), los malos (los “matones”) y el Mal (el monstruo, It).

Aunque en la versión de 1990, Pennywise puede quizás interpretarse con la encarnación del capitalismo (de ahí su gran parecido con el payaso de la cadena de comida rápida) que se come (literalmente) a todos, tanto a los protagonistas como a los antagonistas, aunque estos dos grupos estén enfrentados en la vida “real”; esta interpretación ya no se sostiene en la versión que se acaba de estrenar.

Pennywise

Es interesante que ambas películas (y posiblemente el libro) persigan una identificación del espectador precisamente con las minorías, ya que el grupo de los perdedores está compuesto por grupos sociales históricamente oprimidos: un negro, una mujer, un judío; o susceptibles de ser ridiculizados o acosados y cuyas personalidades funcionan como clichés: el gordo, el enfermizo, el tartamudo (que es el protagonista). El último miembro del grupo que nos ha quedado sin nombrar es Richie, que es el gracioso y que, a pesar de meter la pata con facilidad, no entraría dentro de ninguno de los clichés anteriores, porque tiene una misión narrativa más importante.

Una de las primeras escenas del remake establece, por tratarse en principio solo de un enfrentamiento entre los “perdedores” y los “matones”, las bases de la identificación espectador-protagonistas. El grupo de los perdedores (que de momento es pequeño) se encuentran a la salida del colegio en una situación distendida. Las bromas que se lanzan entre ellos son exclusivamente machistas. De hecho, Richie, que como decíamos tenía una función narrativa, se pasará toda la película soltando “gracias” en momentos de clímax para rebajar la tensión. El contenido de esas “bromas” recoge desde las bragas de la madre de uno de sus amigos hasta la regla de la hermana de otro, pasando por sugerir una violación a una de las madre, o por cómo tienen que decidir quién entra en la casa midiéndose el miembro o también es capaz de articular las típicas frases de “no seas una nena” o “una chica lo ha hecho antes que nosotros, ¿cómo lo podemos permitir?”.

Pero volvamos a esa primera escena. Después de expresar esas bromas machistas para cohesionar el grupo y que todos suelten un par de carcajadas, aparecen los matones, que se ríen de ellos, ejercen presión y los amenazan. Nos los están presentando para que los espectadores nos posicionemos, claro, pero al poner las dos secuencias a la vez hará dudar a más de uno (y de una) sobre su decisión: ¿de verdad tengo que elegir entre estos dos modelos?

Richie pasando miedito

Resulta curioso cómo se construye y se representa la masculinidad. En el caso de los matones, los malos, con los que el espectador no se va a identificar, esa masculinidad se construye en base a la fuerza que puedan ejercer ciertos hombres con otros hombres. Cuanta más fuerza se ejerza sobre el débil, más respeto se consigue y más hombre se es. En el caso de los perdedores, de los buenos, de los que están de “nuestro” bando, esa masculinidad no se construye con fuerza ni se ejerce a través de la violencia, sino a través del desprestigio y la burla hacia las mujeres. Es decir, la broma nunca es hacia una característica propia del chico en cuestión al que va dirigida (tartamudez, negritud o debilidad física, por ejemplo), sino hacia su madre o su hermana.

Es interesante resaltar que los personajes son adolescentes o preadolescentes. Es decir, que en la película hay un desarrollo emocional y psicológico y por tanto ellos se encuentran en un momento donde deben, efectivamente, empezar a formarse y comportarse como “hombres”. Hablan de las madres y hermanas de otros, porque todavía no pueden hablar de las novias o mujeres. Alguien me podría decir que quizás las bromas machistas están justificadas porque intentan reflejar fielmente la realidad de un pueblo estadounidense de 1989. Como digo, las bromas machistas de Richie están ahí por algo: a nivel narrativo rebajan el drama de algunas escenas de miedo y en el propio cine esperan producir empatía y distensión. Las bromas no son necesarias ni para el desarrollo de la historia ni para dibujar al personaje en cuestión: están ahí por el público, que comparte códigos y cultura machista.

(Spoilers)

La chica, así como el chico gordo o el afroamericano, entran más tarde al grupo, sin embargo, tanto ella (Beverly) como el matón líder (Henry) tienen un desarrollo parecido. Ambos tienen un padre abusivo que los aterroriza y finalmente ambos acaban matándolos aunque, aparentemente, por motivos distintos: para ella es la liberación de un pasado de abusos sexuales y la superación de los miedos (recordemos que It juega con los miedos más profundos de cada niño) y para Henry supone también una liberación, pero representa la victoria de Pennywise sobre él, que a partir de ahí lo convierte en su esbirro. Se libera, si queremos, del último resquicio de moral que le quedaba.

En el caso de Mike, el chico afroamericano, su desarrollo resulta inquietante por la simbología: es el único de los chicos que trabaja, es un obrero. Su trabajo consiste en matar con una pistola a las ovejas en un matadero. En la primera escena en este lugar, su abuelo le dice que no debe tener compasión porque cada uno decidimos dónde queremos estar, si en el lado de quien sostiene la pistola o en el contrario. Mike es un obrero y también es un soldado, porque es el que lleva la pistola y la munición colgada al pecho cuando van en busca del payaso. Lo que le dijo su abuelo no era una metáfora: en la escena del pozo aparece Henry totalmente enajenado y cuando ataca a Mike, que ya está solo, le arrebata la pistola y le apunta con ella en la frente.

Mike es el único que mata a otro adolescente, ya que tanto matar al padre como intentar matar a Pennywise se presentan como hechos justificados. Sin embargo, Mike, en esta pelea con Henry, termina zafándose de él y lo tira por el profundo pozo. Mike es el niño que es obligado a ser hombre y su personaje (obligado a matar por el bien común, pero sin dejar de ser un ciudadano de segunda) puede relacionarse fácilmente con la Guerra de Vietnam, que en 1989, donde se ambienta la película, todavía tendría una gran carga simbólica.

Hay muchísimos ejemplos, no ya solo el cine de terror, sino en cualquier representación cultural, donde el grupo protagonista es mayoritariamente masculino, pero hay una chica. Cada uno de los personajes representa un valor, normalmente positivo: la valentía, la honestidad, el sentido del humor, la racionalidad, etc. Mientras que la chica solo hace el papel de “chica”, es decir, un estereotipo, porque, en el fondo, no es un personaje. En este grupo tan heterogéneo de “perdedores”, la chica no podría haber cumplido solo ese papel, porque los demás, como decía anteriormente, representan características poco normativas. Ella es, junto a Bill, la valiente del grupo. Sin embargo, como en la escena del acantilado, que ella sea la primera en saltar solo le sirve de excusa a Richie para puntualizar que sea una chica las que les gane.

Resulta significativo que Beverly nunca esté presente cuando Richie hace este tipo de “bromas”. Seguramente esa situación sería poco comprensible para el espectador, ya que habría una incoherencia tanto si ella se uniera a la risa general como si la cuestionara. Este último caso haría cuestionarnos todo el mecanismo narrativo de bromas machistas de la película y desmontaría el efecto de distensión del que hablábamos antes.

Bill, preocupadísimo, y Beverly, sin saber la que se le viene encima.

En cualquier caso, Beverly acaba siendo solo una “chica” cuando en la escena final se besa con el protagonista. No porque esté mal que dos personajes se enamoren, sino porque el personaje de Beverly es solo una construcción (un objeto y no un personaje) para satisfacer los deseos del protagonista y, además, es la única que lo puede hacer porque es la única chica del grupo. Es decir, el foco, como resulta ya tediosamente habitual, es que él sea el triunfador: se hace con la victoria y, por supuesto, con la chica. Lo que, de una manera simétrica, podríamos analizar con respecto a los demás: el resto de personajes masculinos se han marchado y pueden seguir desarrollándose y siendo felices sin más, pero la chica no: dejar a la chica marcharse feliz y sin pareja seguiría siendo, a día de hoy, muy polémico.


No creo que haya ninguna representación que no refleje, consciente o inconscientemente, la propia cultura de la que forma parte. El lenguaje del cine de terror es compartido por gran parte del mundo porque el miedo tienen un componente irracional muy importante que a todos nos iguala. Pero no nos olvidemos también del componente social: lo que nos da miedo suele ser lo que a la sociedad en general le da miedo de la propia sociedad. Y lo mismo sucede con lo que nos hace gracia. Si lo que está arriba se ríe de lo que está abajo como único mecanismo de refuerzo para mantenerse arriba, alguien debería dejar de reírse.  

2 de marzo de 2017

Por qué a Hazte Oír le molesta la Ley de Igualdad

Hay algo que hay que dejar claro. Hazte Oír y su polémico autobús no tienen miedo del, por ellos denominado, lobby LGTB. Le llaman dictadura. Le llaman inquisición. Y a lo que tienen miedo es a perder sus privilegios.


Su argumento: los padres tienen derecho a educar a sus hijos en la heterosexualidad. Usan la expresión de "ciudadanos de segunda" para referirse a ellos mismos. Es decir, se proyectan como las víctimas de, ante todo, la Ley de Igualdad. Dicen que existe una dictadura que intenta impedir o que amenaza la heterosexualidad.

Y hay varias cosas que preguntarse aquí: ¿por qué la libertad sexual y afectiva amenaza la heterosexualidad?

La respuesta: porque amenaza su centro o, dicho de otra manera, su hegemonía. La razón por la que se llaman víctimas es porque creen que están perdiendo sus privilegios. No se dan cuenta de que la supuesta "minoría" solo quiere sus mismos derechos. Eso es lo que está en juego.

Los miembros de Hazte Oír cree que los derechos de la hegemonía son suyos y solo
suyos.

Ellos se refieren una y otra vez a la libertad de expresión. Pero resulta que existe una ley (por la que se ha luchado, es decir, no estaba ahí por defecto ni por designación divina) que protege a los colectivos vulnerables. Que sean vulnerables significa que son vulnerables al odio. ¿Por qué?

Porque existe una "mayoría" (que en realidad solo es fundamentalismo) cuyo odio puede llegar a hacer daño. Se hace daño desde el colegio, con los niños que hacen bullying al "maricón", al "marimacho", al "raro", al negro, al chino o al disléxico o al miope o etcétera. Simplemente al que no está en el centro sociológico (hombre blanco heterosexual occidental etc.), por eso la lista puede ser tan larga, porque el centro es solo una construcción social. Se hace daño cuando se discrimina o despide o se hace mobbing en la empresa por los mismos motivos. Y se hace en la calle. Sobre todo cuando se amenaza o se agrede a alguien que pasaba por allí y que tiene "otra" condición. Se hace daño cuando por la agresión, alguien es asesinado o por el dolor, alguien se suicida. Muere porque es mujer. Muere porque es gay o porque es transexual o intersexual. Muere por su condición, no hay otro motivo.

He leído hace poco en un artículo que nadie pone en duda que el terrorismo mata. Pero que no está tan claro en la sociedad que el machismo mata, que la homofobia mata, que la transfobia mata, que el racismo mata.

No se trata igual un atentado terrorista ni el enaltecimiento del terrorismo (con repulsa absoluta, sin dudas) que el terrorismo machista (17 mujeres asesinadas únicamente por ser mujer en lo que va de año) o el homófobo o racista o su incitación: que otros cumplan con violencia lo que nosotros mantenemos como ideología.

Así de grave.

Los que defienden (aunque no sean ni conscientes de ellos) la LGTBfobia no saben muchas cosas. Los homófobos no saben lo que puede un cuerpo. Los homófobos creen que su centro está siendo asediado por la periferia. Ellos, en su privilegio, creen que los derechos de otros les amenazan.

Sí, lo minoritario amenaza. Amenaza el pensamiento único. Amenaza lo que siempre se consideró lo "normal".

Los derechos de los hombres blancos heterosexuales (y occidentales y cristianos y...) no se asedian, se comparten.

Ellos no son los ciudadanos de segunda. De verdad.

Los que son realmente de segunda, que parecen minorías, pero que somos millones, solo intentamos ser tratadxs con igualdad. Dar derechos a las mujeres para abortar o dárselo a los gays para casarse o adoptar o dárselo a los adolescentes trans a cambiar su sexo porque no coincide con su género no les quita ningún derecho a ellos. NO asediamos su centro. Queremos ser también centro. Queremos los mismos derechos que ellos para poder tener las mismas oportunidades para ser felices.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...